Por Alejandro Sanchez Capuchino
Bien es sabido que en épocas de guerra, cualquier guerra, se cometen auténticas atrocidades
afectando no solo a la raza humana, sino también a la cultura. ¿Cuánto se puede robar en una
guerra? Todo cuanto puedan e incluso haciendo un esfuerzo para conseguir más. Aunque no
solo es robar, sino que también es arrasar. ¿Cuántos monumentos han sido víctimas de los
enfrentamientos bélicos o actos terroristas? ¿Cuántos siguen en pie? ¿Cuántas obras de arte
han desaparecido?... Pero lo más importante: ¿Por qué roban o destrozan un monumento, un
cuadro o un objeto, si no es suyo, es de todos? ¿Por qué?
Frente a esta situación se puso en marcha un programa que se sustentaba en los principios:
encontrar, salvar y restaurar. Este programa surgió hace no muchos años durante una de las
peores, si no es la peor, guerras que ha sufrido la humanidad, la Segunda Guerra Mundial. Este
programa recibió el nombre de MFAA (The Monuments, Fine Arts and Archives/Monumentos,
Bellas Artes y Archivos) y recibió el apoyo del ejército aliado, aunque los pocos miembros que
estaban dentro de este programa no fuesen soldados. Sus integrantes eran personas venidas
de las artes, amantes de la historia y la historia del arte, que no podían permitir que se
siguieran sustrayendo obras de los museos por manos nazis, pasando a formar parte de
pequeñas colecciones o adquiriéndolas un particular, en resumen privatizándose. A estos
hombres y mujeres que participaron en esta campaña de salvamento de obras durante esta
contienda, arriesgando su vida por tratar de recuperar todo el arte que se había perdido y
devolverlo a sus legítimos dueños, habría que darles las gracias. Sin ellos, muchas obras que
conocemos y podemos ir a visitar a los museos, habrían desaparecido.
A pesar de que su principal objetivo era el de hallar estas obras robadas, también estaba la de
salvar y restaurar, en la medida de lo posible, lo ya encontrado. En este aspecto, cabe destacar
la acción de miembros ilustres del programa como es el caso de George L. Stout (conservador
de arte), que junto con otros, indicó a la aviación aliada qué zonas no debían ser
bombardeadas por la presencia de monumentos patrimonios de la humanidad. Tras hallar y
salvar las obras, había que restaurarlas y muchas de estas no podían recibir una restauración
definitiva debido a las condiciones de la guerra, por lo que se realizaba una primera
restauración antes de pasar a la definitiva.
Hay que tener en cuenta que todos los historiadores de arte, conservadores y restauradores
de obras en museos, etc., fueron a la Europa en guerra sin un método general con el que
actuar, de modo que cada especialista se servía de su propia experiencia cuando se enfrentaba
a la conservación de una obra recientemente hallada. No fue hasta después de la guerra
cuando se creó un sistema por el cual se procedía al análisis de la obra y a la constatación de
su estado de conservación y su lugar de origen.
Por lo tanto, esta Comisión Roberts aprobada por el presidente F.D. Roosevelt el 23 de junio de
1943, que tiene como objetivo la protección de los bienes culturales de las zonas en guerra, es
una prueba de la importancia del patrimonio en la sociedad. La manifestación artística
producida por la humanidad, debe ser contemplada por la humanidad, y por lo tanto, no es un
bien que puedas sustraer para comercializar con él, privatizarlo o, simplemente, destruirlo.
Este programa demuestra que hasta en épocas de guerra, hay un colectivo de la población (no
de una sola nación, sino de varias naciones) que toma conciencia en este aspecto y de forma
voluntaria, como los miembros del MFAA, deciden contribuir, haciendo lo que mejor saben
hacer, y arriesgan sus vidas por recuperar lo que tratan de arrebatar a la humanidad. Y todo
porque el patrimonio cultural es inamovible, inalienable e imprescriptible.
miércoles, 9 de diciembre de 2015
miércoles, 2 de diciembre de 2015
Las dos Alemanias.
José Manuel Lucerón Lucerón, 3º grado de Historia.
Esta semana van a tener lugar en nuestra facultad una serie de conferencias dedicadas a un
proceso judicial inédito en la historia, un hecho que marcaría la historia de la jurisprudencia y
las memorias de todos los testigos directos e indirectos de aquel acontecimiento. Me estoy
refiriendo a los juicios contra el nazismo que, paradójicamente, se celebraron en la meca del
nacionalsocialismo, Nuremberg. Una ciudad que en 1934 agasajaba a Hitler y que a la altura de
1945 distaba mucho de aparentar si quiera lo que fue en esos “años gloriosos”. Sin embargo,
sus correligionarios no sabían cuán lento y martirizador era el terremoto que se les venía
encima. Ruina y cenizas.
Para aquellos que no conozcan este acontecimiento y tenga curiosidad les recomiendo, no sólo
bibliografía, sino una película cuyo título ya lo dice todo: Nuremberg. Estrenada en el año 2000
y con un buen elenco de actores (Alec Baldwin entre otros), trata fielmente el desarrollo del
proceso y sus consecuencias finales. Muy entretenida y didáctica.
En el transcurso de la película tiene lugar una conversación entre el fiscal Jackson y uno de los
vigilantes de los presos nazis que también cumplía el papel de psicólogo y que, casualidades
del destino, era judío. En esa conversación este hombre creía haber encontrado el origen de
todo el mal que los jerarcas nazis causaron el tiempo que estuvieron en el poder: la total
ausencia de empatía por el ser humano. Pero aún había más.
La generación que impulsó a Hitler al poder fue aquella que vivió los horrores de la guerra,
jugó a la guerra, asumió con una mezcla de rabia y resignación el diktat de Versalles, soportó
como pudo las dificultades económicas derivadas del tratado de Versalles (inflación,
endeudamiento etc.) a las que tuvo que hacer frente la República de Weimar etc.
Este fue el caldo de cultivo que generó lo que desgraciadamente vino después. Una generación
que se lanzó a la aventura, “poco tenemos que perder ya” pensaría alguno de los banqueros,
industriales, miembro de las clases medias, jóvenes desencantados con el frágil y tambaleante
sistema político de Weimar que se lanzaron en masa a votar al que antes de 1914 se mostraba
melancólico, en la más absoluta miseria y que ahora estaba a punto de arrastrar a toda Europa
a una nueva carnicería.
Toda esa Alemania que por unos años olvidó su naturaleza romántica, aquella que desprendía
la novena de Beethoven, la fina pluma de Goethe, Schiller, Heine y se nutrió del espíritu militar
y orden prusianos, sustituyó a Beethoven por Wagner y sus Nibelungos y todo lo más bello y
auténtico del arte y la literatura acabó degenerando.
¿Cómo una nación que atesoraba toda esa cultura, ese sentimiento se acabó vendiendo por
unas pocas monedas? En la modesta opinión de un historiador en proceso de formación, la
dicotomía o la lucha entre estas dos Alemanias fue uno de los factores que sentó las bases del
ascenso del nazismo en 1933 y el posterior enfrentamiento mundial. Espero que este artículo
me ayude y os ayude a encontrar la respuesta o a generar la inquietud y curiosidad necesarias
para ir en su búsqueda.
jueves, 26 de noviembre de 2015
EL CAPITALISMO EN LAS RELACIONES Y SU INFLUENCIA EN LA VIOLENCIA DE GÉNERO
Por Sara Nieto Aranda
El capitalismo es consumo. Nos
pasamos la vida consumiendo cosas. Compramos objetos para nuestro disfrute
personal continuamente. Tenemos una variedad impresionante de opciones a
nuestro alrededor. Estamos acostumbrados a poseer todo aquello que nos guste y
nos apetezca. Cualquier objeto puede ser nuestro si damos dinero a cambio: un
boli, un ordenador, una manzana, un martillo, una casa, algo de ropa. Nuestra
sociedad es una sociedad de consumo.
Es tal nuestra capacidad de
consumición, las facilidades que hay para ello que hasta las personas se pueden
poseer. Los objetos se venden y se compran, y nosotros también. La prostitución
es la prueba más exagerada y visibilizada de ello: vendemos nuestro cuerpo por
dinero, y el comprador paga para disfrutarnos. Pero no es la única. En el
capitalismo se convierte al obrero en un mero objeto en manos del patrón:
durante 8 horas al día, vende su fuerza de trabajo por un salario mínimo para enriquecer
a su jefe. Se ha convertido en la propiedad de otra persona: se le paga para
que el patrón disfrute del beneficio que genera el producto.
Desde pequeños nos enseñan el
significado de «mío» y «tuyo». Mis juguetes son míos, solo yo los puedo coger,
romper y usar; y si los comparto te estoy haciendo un favor, porque realmente
cuando me vaya se irán a casa conmigo.
Esta educación, este ansia de
poseer, de ser propietarios de todo aquello que nos rodea influye también en
las relaciones interpersonales, sobre todo en las amorosas, las de pareja.
Crecemos creyendo que nuestra meta en la vida es la de encontrar el amor, la de
estar acompañados durante toda nuestra existencia. Morir solos es un fracaso.
La soltería es un fracaso. Debemos enamorarnos como seres sociales que somos.
Cuando encontramos ese amor,
necesitamos tener la seguridad de que será para siempre, de que nuestra
relación es perfecta y durará toda la vida. Convertimos el afecto que nos
profesan en una propiedad y lo extendemos hasta la persona dueña de él. Esa
persona es mía, de mi propiedad, porque es mi pareja y me ama. Si alguien
siente atracción por mi pareja, surgen celos y reacciono contra ello. Si tengo
que compartir a mi pareja con amigos suyos, surgen celos. Si alguien pone en
peligro el control que tengo sobre los sentimientos de mi pareja, surgen celos.
En un mundo machista, donde la
sociedad cosifica el cuerpo, las ideas y las acciones de la mujer, esta se
convierte en prisionera de sus propios sentimientos. En un mundo machista, donde
la sociedad da todo el poder al hombre y las herramientas necesarias para
ejercerlo, este se convierte en el carcelero de sentimientos. En un mundo
machista, donde los celos son la demostración más bonita del sentimiento
amoroso, cualquier violencia ejercida por ellos es un «crimen pasional». En
mundo machista, donde ambas partes de la pareja tienen arraigada profundamente
la idea monógama del amor, el hombre ejerce el poder y la mujer agacha la
cabeza, porque así funcionan las cosas.
Desde el momento en el que nos
enamoramos, somos propiedad de alguien, le debemos exclusividad amorosa y
sexual. Le debemos todos nuestros pensamientos, nuestras ilusiones y nuestros
planes de futuro. Por amor, le debemos la vida a nuestra pareja. Y hay hombres
que creen de verdad que les pertenecemos, porque las mujeres estamos
cosificadas. Y, a veces, nosotras les creemos. Y, por ello, dejamos que nos
controle, que nos diga cómo vestir, cómo actuar, qué redes sociales usar,
cuándo y con quién salir de fiesta. Por ello, dejamos de lado nuestro trabajo
para cuidar la casa, le cosemos la ropa y hacemos la comida. Por ello, cuando
hacemos algo que no les gusta o que le enfurece, nos levanta la mano y nosotras
nos dejamos maltratar, porque sin él no somos nada, porque somos suyas. Por
ello, cuando tratamos de huir de él, nos asesina, porque, si no somos suyas, no
seremos de nadie.
Pero la cosificación de la mujer
y la violencia de género hacia ella surgida de la idea de propiedad y consumo
no finalizan ahí. Entendemos como consumo el adquirir algo y usarlo para luego
abandonarlo. Cuando consideramos que un objeto es de usar y tirar, entonces no
tiene sentido alguno cuidarlo. Si compras un martillo en un chollo y se te
rompe al primer golpe, seguramente lo tirarás, porque estabas seguro de que no
te iba a durar mucho y, además, era de mala calidad. Sin embargo, si pensaras
que es un martillo bueno, que te va a durar muchos años, lo cuidarías,
tratarías de arreglarlo o irías a la tienda a buscar una solución.
Con las personas actuamos igual.
En las relaciones que consideramos que no serán duraderas no nos preocupamos
por los sentimientos ni por el cuidado de la otra persona. No consideramos de
igual calidad un rollo esporádico que una pareja para toda la vida. La
cosificación de la mujer conlleva que todo hombre pueda pensar que su cuerpo le
pertenece por el simple hecho de ser un cuerpo femenino, de tal manera que
puede aspirar a poseerlo. Por eso, una falda corta, un escote o el aceptarle
una copa de fiesta pueden suponer una provocación para el hombre que, teniendo
el poder y las herramientas para usarlo, se puede encaprichar de poseer ese
cuerpo. Y, para ello, se pueden llegar a extremos que pasan desde el acoso
hasta la violación. Porque en una relación de pareja, se considera que el
cuerpo ya es propiedad suya y lo que hay que encadenar es el afecto. Pero en
situaciones sin afecto, el cuerpo vuelve a convertirse en algo de usar y tirar
sin importar los sentimientos de la persona a la que pertenezca.
Y es que el machismo existía desde
antes que el capitalismo y su sociedad consumista, pero
este ha sabido muy bien aprovecharse del patriarcado y del poder ejercido por
el varón.
viernes, 20 de noviembre de 2015
Curso de iniciación
Curso de iniciación
Desde la delegación de letras se ha organizado una charla-cursillo de iniciación para aquellos estudiantes que acaban de llegar a la universidad o estudiantes que tengan dudas sobre el funcionamiento de las diferentes aplicaciones y servicios que la universidad ofrece como Campus virtual, funcionamiento de la biblioteca y sus servicios, vincular el correo de la universidad a tu cuenta personal entre otros temas de relevancia. Totalmente gratuito.
Os esperamos este Lunes 23 de Noviembre en la facultad de letras en el aula F06 a las 17:30 H.
Delegación de estudiantes de la facultad de letras de Ciudad Real
miércoles, 18 de noviembre de 2015
Trabajar para estudiar para trabajar
Por Sergio Espinosa Monteagudo
Los estudios
universitarios suponen una actividad prácticamente esencial para la sociedad de
hoy día, que busca la estabilidad y la certidumbre que un trabajo cualificado
le proporciona. Los avances económicos, políticos, sociales y culturales han
permitido un progresivo y fácil acceso a todos los segmentos de la población,
generando con ello una enorme competitividad laboral posterior, tanto local
como global. Sin embargo, el acceso a estudios universitarios se ha tornado, en
los últimos tiempos, en una tarea más complicada que antaño para los jóvenes de
clases medias y bajas de la sociedad. Un paradigma social, expectativas
personales, cuestiones familiares, una coyuntura económica desfavorable y medidas
político-administrativas desacertadas serán los factores que determinarán y
obligarán a estos jóvenes a tomar decisiones y hacer frente a sus respectivas
consecuencias: estudiar para trabajar, trabajar para estudiar.
Desde nuestro nacimiento, poseemos una disposición genética o innata que, durante las distintas etapas de nuestra vida, nos predisponen a seguir un camino marcado, de forma que predestinan nuestro comportamiento hasta nuestra muerte. Pensadlo; todos admitimos una concepción inconsciente de ideas tan primarias como estudiar, adquirir un trabajo, encontrar una pareja, formar una familia… Parece que nadie nos enseña estas cosas, son algo natural e inherente a la vida de una persona: es lo que se supone que todos debemos hacer. A esta predisposición contribuyen la sociedad –la televisión, internet, las revistas y la radio nos enseñan lo que podemos ser- y la actitud de la familia, sobre todo cuando somos pequeños: “hijo mío, podrás hacer lo que te propongas, podrás ser lo que quieras ser”. Nuestro joven y entusiasmado espíritu, alentado por tan soberbias palabras y embaucado por la perspectiva de todo un futuro por delante, se dispondrá a conquistar el mundo que conoce perfectamente (!). En definitiva, hemos (nos han) creado unas expectativas que guiarán nuestro porvenir. Entre ellas, estudiar.
Desde nuestro nacimiento, poseemos una disposición genética o innata que, durante las distintas etapas de nuestra vida, nos predisponen a seguir un camino marcado, de forma que predestinan nuestro comportamiento hasta nuestra muerte. Pensadlo; todos admitimos una concepción inconsciente de ideas tan primarias como estudiar, adquirir un trabajo, encontrar una pareja, formar una familia… Parece que nadie nos enseña estas cosas, son algo natural e inherente a la vida de una persona: es lo que se supone que todos debemos hacer. A esta predisposición contribuyen la sociedad –la televisión, internet, las revistas y la radio nos enseñan lo que podemos ser- y la actitud de la familia, sobre todo cuando somos pequeños: “hijo mío, podrás hacer lo que te propongas, podrás ser lo que quieras ser”. Nuestro joven y entusiasmado espíritu, alentado por tan soberbias palabras y embaucado por la perspectiva de todo un futuro por delante, se dispondrá a conquistar el mundo que conoce perfectamente (!). En definitiva, hemos (nos han) creado unas expectativas que guiarán nuestro porvenir. Entre ellas, estudiar.
¿Por qué debemos
estudiar? Ya se ha mencionado: estudiar es un medio para un fin. Si queremos
formar una familia, buscaremos pareja; si queremos pareja, conoceremos gente;
si queremos mantener a esa familia, trabajaremos, y en un mundo tan incierto,
difícil y competitivo como el actual, solo una buena formación nos posibilitará
el acceso a esa estabilidad y la solidez que un empleo cualificado otorga. Estudiar
para trabajar. Así pues, la universidad se presenta en los últimos tiempos como
un medio necesario para todo individuo. Sin embargo, en España como en muchos
otros países, la educación superior no es gratuita, por lo que llegamos a otro
punto de inflexión: si queremos estudiar, necesitamos dinero. Espera, ¿estudiar
no era un medio?
¿Cómo
conseguimos ese dinero? Por regla general, el paradigma social estipula que la
familia, en esencia los padres, deben ser la respuesta a esta cuestión. Sin
embargo, desde 2008, una durísima crisis financiera azota cruelmente al mundo. El
sector político ha ido perdiendo el rédito progresivamente, dada la ineficacia
de medidas contraproducentes que los desbordados gobiernos han tomado, y que,
lejos de solucionar la situación, la han empeorado. Por ello, millones de familias
de clases medias y bajas han sido condenadas al desempleo, a la incertidumbre y
a la precariedad; a no poder pagar una educación a sus hijos. El retoño de
turno deberá, pues, buscarse una actividad remunerada económicamente si quiere
obtener un título universitario (cuyas desmesuradas tasas representan otra
consecuencia de las geniales medidas de los gobiernos): deberá buscar un
trabajo. Trabajar para estudiar.
Los empleos
disponibles para la juventud distan de ser apasionantes, más si tenemos en
cuenta factores, aparte de la mencionada crisis, como la inexperiencia o la
región en la que se vive. Siempre se puede recurrir al talento personal;
vendiendo material artístico, dando clases particulares o cuidando críos (eso
sí, sin inculcarles la misma libertad que nos ofrecían nuestros padres); pero
sin destrezas ni formación previa y sin contactos familiares, el joven
recurrirá a empleos sencillos, vacuos, y, frecuentemente, aburridos: los del
sector servicios.
El muchacho ha
encontrado trabajo; a partir de ahora todo irá sobre ruedas. Error. Trabajar
durante la adolescencia -o recientemente abandonada- y hacerlo mientras se estudia acarrea una serie de
inconvenientes para nada atractivos. El ajuste de horarios es esencial; la
actividad laboral no debe coincidir con la educativa y el joven tendrá que
adaptar su tiempo a cumplir con ambas obligaciones (¿obligaciones?). Esto
conduce, a menudo, a un problema posterior: la falta de sueño. Podrán reconocer
todos ustedes que la actitud de una persona que no duerme lo suficiente puede
ser irritante, lo que a menudo nos lleva a una sensibilidad sobrecogedora: las
disputas familiares, con compañeros de trabajo y con amigos están garantizadas.Como vemos, una
serie de problemas que se alimentan los unos a los otros, cual formidable trama
de película. El esfuerzo de compaginar la vida laboral con la educativa puede
llegar a tener un efecto contraproducente.
Pero, qué
demonios, las consecuencias de compatibilizar un trabajo y los estudios no son
solo negativas, ni mucho menos. Desempeñar con eficacia ambas actividades
requiere un sacrificio que a buen seguro enriquecerá la personalidad y la
actitud del individuo hacia la vida. Le hará ver la realidad de otra manera,
comprenderá que nadie le va a regalar nada y que el esfuerzo es la clave de
todo. Gracias a ello, madurará, crecerá y obtendrá conocimiento. El camino no
será fácil, habrá imprevistos, sí, pero el sujeto encarará estos problemas, las
tensiones, las disputas, de forma positiva y con un talante firme y resistente.
Las personas le mirarán con respeto, y esta visión servirá de ejemplo para la
sociedad entera. Existirán personas que tal vez no compartan este grado de
sacrificio y lo tachen de sufrimiento, pero desde luego no podrán negarlo. El
individuo, en definitiva, será más sabio.
Puede que la ilusión, el optimismo y el positivismo inicial de la vida se vayan tornando, conforme crecemos, en decepción, pesimismo y, finalmente, en impotencia y resignación. La sociedad nos predispone a soñar con una vida pletórica, pero la realidad es cruel e implacable, y poco a poco nos damos cuenta; de nosotros depende la actitud con la que afrontarla. Tomamos medidas y decisiones en función de lo que conocemos e ignoramos, de lo que queremos y lo que no. La vida va de eso. Puede que los caminos estén predispuestos, sí, y que sean buenos o malos, pero somos nosotros quienes elegimos cuál tomar. ¿Trabajar? ¿Estudiar? ¿Trabajar y estudiar? Ya lo dijo Sartre, incluso cuando no elegimos, ya estamos eligiendo.
Puede que la ilusión, el optimismo y el positivismo inicial de la vida se vayan tornando, conforme crecemos, en decepción, pesimismo y, finalmente, en impotencia y resignación. La sociedad nos predispone a soñar con una vida pletórica, pero la realidad es cruel e implacable, y poco a poco nos damos cuenta; de nosotros depende la actitud con la que afrontarla. Tomamos medidas y decisiones en función de lo que conocemos e ignoramos, de lo que queremos y lo que no. La vida va de eso. Puede que los caminos estén predispuestos, sí, y que sean buenos o malos, pero somos nosotros quienes elegimos cuál tomar. ¿Trabajar? ¿Estudiar? ¿Trabajar y estudiar? Ya lo dijo Sartre, incluso cuando no elegimos, ya estamos eligiendo.
miércoles, 11 de noviembre de 2015
Tiempo y tiempos
Por: Alejandro Sánchez Capuchino
Los
estudiantes de historia no paramos de hablar y escuchar de la importancia del
tiempo. Ese tiempo al que están sujetos todos y cada uno de los acontecimientos
protagonizados o no por el ser humano. Pero, ¿es el único tiempo que hay? Por
supuesto que no. El tiempo al que he hecho mención es al denominado “tiempo
histórico” y como tal ha de ser la columna vertebral de ese proceso evolutivo
protagonizado por las masas al que llamamos Historia. Dicho esto, el tiempo es
concebido como un tiempo social, iniciado con la aparición de los primeros hallazgos
del origen de la humanidad. Aunque seremos egoístas al pensar que antes de esta
aparición no existía el tiempo. He ahí un límite temporal en el tiempo
histórico. No todo es tiempo histórico, sino que el tiempo es el que es; desde
el momento de la creación de la materia, hasta nuestros días. Aunque esta
afirmación necesita una reformulación constante a cada milésima de segundo.
Pues las primeras líneas de este artículo ya forman parte de un pasado, incluso
estas mismas palabras que lees ahora formarán o forman parte del pasado, aunque
hace tan solo unos segundos formaban parte de un futuro… Menuda paradoja.
Volviendo
a la materia que me interesa, la Historia es un proceso cambiante sujeto al espacio
y al tiempo. Un tiempo que carece de dueño, que no está sometido a la división
temporal que realizamos los historiadores, ni tampoco está sometido a las
fechas, más o menos exactas, que manejamos. ¿Cómo que el tiempo no está
sometido? Nosotros manejamos fechas concretas como el 1085, 1212, 1478, etc.,
pero estas fechas pueden variar. El tiempo cronológico tal y como lo conocemos
a día de hoy, puede que no sea el que es. Es posible que no estemos viviendo en
el 2015, pues en el año 533 un monje, Dionisio el “exiguo”, calculó
erróneamente la fecha del nacimiento de Cristo, equivocándose en unos cuatro
años aproximadamente, y afirmando que su nacimiento habría tenido lugar en el
año 753 ad urbe condita. Incluso
puede que no vivamos ni en el mismo día, ni el mismo mes que creemos. ¿Cómo
puede ser esto posible? Básicamente por la reforma que llevó a cabo el papa
Gregorio XIII en el siglo XVI. A pesar de que la reforma aborda otros temas de
interés, me centraré en la reforma del Calendario Juliano y en la creación del
actual Calendario Gregoriano. Lo que más llama la atención de esta reforma es
la eliminación de diez días completos del tiempo histórico; del jueves 4 de
octubre de 1582 se pasaría al viernes 15 de octubre de 1582 (tal y como queda
recogido en la bula Inter Gravissimas,
promulgada en el año 1582). El Santo Padre llegó a la conclusión, junto con el
jesuita Christopher Clavius, de que esta era la mejor medida para solucionar el
problema que planteaba el Calendario Juliano, pues este tenía unos minutos más
que el año solar. Esta acumulación de minutos a lo largo de los años provocaría
un adelanto de diez días del equinoccio de primavera.
Ya
se ha visto cómo el tiempo histórico, al igual que la agricultura y la
ganadería, ha sufrido una domesticación, respetando el concepto ya usado por
Gordon Childe. El tiempo se puede corregir mediante las cronologías, incluso se
puede dividir en periodos (con límites todos ellos discutibles), pero en
definitiva el tiempo es el que es. Nadie puede cambiar el tiempo. El pasado ha
quedado atrás y sigue y seguirá aumentando sus fronteras, a medida que el
futuro va perdiendo terreno, mientras que el presente no es más que esa fina
línea que limita las fronteras del pasado y el futuro. He insisto, la historia
es un proceso social cambiante que está en manos del tiempo. El tiempo no está
en manos de la sociedad, porque una cosa es que el tiempo nos haga cambiar a
nosotros como humanos y otra sería que el tiempo fuese cambiado por nosotros,
los humanos.
miércoles, 4 de noviembre de 2015
Influencias en Picasso: Un viaje a París
Por Luis Miguel Sarrión Camacho
Hablamos de Picasso, desde el
génesis del siglo XX, como uno de los mayores artistas de la historia, como un
genio pictórico que participaría en muchos de los movimientos artísticos que
influenciarían de manera determínate a los grandes artistas de su tiempo y en
los movimientos artísticos de la época y posteriores. Pero poco se habla de la
influencia a la que fue sometido por otros artistas que marcaría al malagueño y
que serian de vital importancia para su producción y es en es esa influencia
notable donde aparecerá Gaugin que marcará a Picasso con su obra, su vida, sus
ideas incluso con su muerte. Pero no podemos hablar de una relación entre estos dos grandes pintores sin hacer
mención a una persona determinante en este encuentro, un hombre, un artista, escultor,
gemólogo y ceramista, un amigo, Francisco Durrio de Madrón más conocido como Paco Durrio.
Fue desde el principio, en París, tal vez en 1901, que Picasso
vio por primera vez las obras de Gauguin. La evolución experimentada por el
pintor español en la ciudad de las luces durante el corto periodo en la capital
francesa seria uno de los sucesos más relumbrantes de la historia de la
pintura, pues en solo siete años paso de ser un pintor desconocido de formación
puramente provinciana a ser uno de los grandes referente de la vanguardia
parisina.
Volviendo sobre la figura del artista Paco Durrio, que sería
quien enseñaría a Picasso una obra de Gauguin, probablemente una obra de
cerámica, aunque también poseía varias obras sobre papel y pinturas en su
estudio de Montmartre, y sería en este momento inicial donde el pintor de
diecinueve años se interesaría por la filosofía de Gauguin en el arte.
Inundado por la vida
bohemia de las calles y los artistas que había podido contemplar en la capital
francesa, sus lienzos se pueblan de picaras escenas de cabaret, de abarrotados
cafés y salones de baile llenos de color. En todos ellos aprecia una
simplificación de volúmenes y contornos definidos que hacen pensar en Gauguin, del
que tomaría una concepción universal de la sentimentalidad. Podemos ver en
estas primeras producciones como Picasso advierte una certera asimilación del
postimpresionismo del pintor francés y del simbolismo de los Nabis.
Tras la partida de Gauguin y sobre todo tras su muerte, Durrio
vio en Picasso a su sucesor con la intención de obrar una autentica
reencarnación del artista, algo muy comercial. Durrio intenta introducir a
Picasso en el campo de la cerámica escultórica en la que Gauguin había logrado
la integración orgánica del color y forma pero, al igual que este, Picasso tenía un sentido muy
independiente y tendría una posición ambigua. Iniciador, rompedor y
revolucionario, jamás dejo de considerar la herencia de un pasado que englobaba
tanto al arte ibero como el africano, del El Greco como a Ingres, tanto a Degas
como al propio Gauguin, cuyo revelo, de la mano de Durrio, tomaba ahora.
Mas allá de los ecos del Sintetismo de las pinturas de Picasso,
podemos ver coincidencias entre el espíritu que inspiraba al malagueño y el del
artista francés. Cuando Gauguin padecía de pobreza y enfermedad había expresado
su convicción de que su arte encarnaba de lo triste y del dolor un concepto
expresionista del arte que se asemeja, incluso podríamos ajustar a la obra
picassiana de los primeros años.
La obra y el espíritu que compartía Picasso con Gauguin se
acrecentaría aun más con la crítica de uno de los amigos del pintor francés,
Charles Maurice que elogiaría la exposición de Picasso en la galería parisina
de Berthe-Weill. Al parecer seria
Durrio quien indujera al crítico a visitar la exposición, y no solo tendría
buenas palabras para su obra sino que le haría entrega al pintor de un libro de
Gauguin, el cual Maurice habría completado y editado, “Noa-Noa”. En palabras del historiador Richarson:“Este libro ayudaría mucho a Picasso,
cuajado de ilustraciones que pronto se reflejarían en la obra del pintor
español”. Gauguin describió su tiempo en Tahití en el libro antes
mencionado, y de Picasso sería conocido el haber anotado las páginas con notas
y dibujos inspirados en la experiencia que describe Gauguin en estos parajes.
Gauguin y Picasso compartieron sólo un breve período de tiempo
en la tierra, ya que Gauguin murió en 1903. Sin embargo, a pesar de lo corto
que pudo haber sido, el impacto puede ser visto en un cuadro que Picasso hizo
al enterarse de la muerte del su pintor francés. En Desnudo de pie, 1903,
Picasso muestra a una mujer tahitiana caminar, firmado "PABLO
Picasso".
Desde sus primeros días en París y después de leer su libro “Noa-Noa”,
Picasso estaba fascinado por las ideas de Gauguin en el arte. Fue a través de
Gauguin que la idea de primitivismo y la naturaleza espiritual de la gente y el
arte entraron en su mente y su pintura. Picasso se inspiró en la forma en la
cual Gauguin tomó sus temas de medio ambiente artificial y de pinturas de
género, así fue como mostró la emoción, la miseria y la soledad, que el
espectador siente igual que los personajes representados. Picasso demostró esto
en su época azul, usando poses y elementos de disfraz tomado de la pintura de
Gauguin.
Si bien es cierto que al ver las máscaras africanas sería la
gran chispa para encender a Picasso como un artista desafiante de las convenciones tradicionales del arte, fue la
influencia temprana de Gauguin la que abrió su mente en cuanto a la concepción
del arte. Picasso acabaría admirando los viajes de Gauguin y la idea de mostrar
la naturaleza primitiva de los seres humanos, los cuales, van más allá de la
norma en la pintura. Esto permitiría a Picasso extender sus deseos artísticos
más allá de lo previamente imaginable. Sin esa conexión temprana a Gauguin, es
imposible saber donde Picasso habría llegado como artista.
Es evidente que el impulso primitivista de Gauguin está detrás
de la obra picassiana de aquellos años iniciales, claramente, junto a otras más
inspiraciones e influencias pues Pablo Picasso era un artista en su totalidad y
se define como una esponja de toda la historia del arte, historia que conoce a
la perfección. Pero es cierto que su identificación con el artista francés es
aun más profunda que con otros artistas.
Tras un viaje a Holanda, y dejar a Barcelona atrás, Picasso
vuelve a Paris hacia 1904 instalándose en el estudio de Durrio, al cual,
entregaría su cuadro la “La belle Holandaise”, su obra maestra hasta el
momento, para que la colgase junto a los cuadros y dibujos que tenía Gauguin de
su amigos. Todo esto no solo lleva a pensar en el orgullo que Picasso sentía
por su obra, sino que también encontraba en esta su estilizada construcción de
las figuras, en la que se da cierto paralelismo con Gauguin. Así Picasso
cobrara fama parisina y sus obras tendrán más valor y más demanda, tomando como
ejemplo a Vollar, el cual decidirá entonces comprar toda la obra del estudio de
Picasso, lo que le permitirá a este ultimo viajar y apreciar lugares inocentes,
incontaminados mas naturales y donde podría experimentar de una manera más
desinhibida, lejos de las presiones de la ciudad, al más puro estilo de
Gauguin. Es después de esta experiencia cuando Picasso puede contemplar mas
obras de Gauguin, las cuales le causan un impacto profundo y pintara obras en
respuesta a las obras del francés, como puede ser “El Abrevadero” o “Muchacho
desnudo llevando un caballo” en contraposición de los “Jinetes de la Playa”,
una de las últimas obras de Gauguin, perfecto ejemplo de la fusión entre
primitivismo y clasicismo, que es el nuevo camino en el que Picasso quiere
dirigir su arte.
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